Por David Alejandro Pineda Vargas
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Interconectar frases insulsas, una tras otra, podría ser una tarea simple, de hecho lo hago a diario oralmente, ya que todo el tiempo estoy hablando, dicen que hasta dormido lo hago con igual frecuencia.
Interconectar frases escurridas de mis monólogos internos, de manera escrita, nace siempre como una respuesta fisiológica a actos que considero ridículos, que me ofenden, así que dejo que corra tinta para engañar el deseo de que corra sangre; para no dar la cara, para no hablar del tema. Entiéndase verborrea como diarrea de palabras. Y yo, las uno y las amo, las alabo y las adoro, las cargo y las venero, así mismo, las cago y aquí las pongo.
Luego que la Corte Constitucional me diera algunas alegrías por ciertas posturas de oposición al gobierno que ya se fue (y que no echo de menos), vuelven estos hombrecitos imbéciles, de corbata, ridículos, reprimidos, con su lenguaje seudotécnico, poco procaz pero sí muy hipócrita a promover de manera disimulada o directa la complicidad a la tortura, al asesinato de inocentes, al pecado de ver y no hacer, o peor, y no decir nada.
Ahora se supone que debemos estar tranquilos porque ya las corridas de toros y las peleas de gallos y el coleo y las corralejas tienen algunas restricciones. Deberíamos entonces, para obtener así un equilibrio ético en el mundo del desequilibrio límbico, proponer que liberen a todos los presos, pero condicionamos el uso de su violencia.
Y como si la zarza ardiente me dictara su sentencia, escribiría, sobre piedra y en el monte del pecado, el venusino, así:
1. Matarás a quien quieras, siempre y cuando la víctima reciba protección especial contra el sufrimiento y el dolor. ¡Qué mierda más confusa y difícil de llevar a cabo!
2. La tradición del asesinato o ser cómplice de ello, ahora, debe ser una ley reglamentada, ya que es (y todos bien lo sabemos) una tradición cultural (sobre todo en la cultura nuestra).
¿Actividades de entretenimiento? ¿Tradición cultural? Tradición cultural es limpiarse el culo con las manos o tener sexo montado en una cama. ¡Magistrados miserables! Ése, más bien debería haber sido un fallo a favor de los campesinos, los desplazados, los perros abandonados, las mujeres maltratadas, los niños violados. ¡Pero no! Eso no aporta dinero ni divertimento a ninguno de ustedes. ¡Hijos de puta!
3. Asesinar sólo a hombres fuertes (como toros) o niños inocentes (como toros), o fuertes e inocentes (como toros), o débiles y desprotegidos (como perros y gallos).
No entiendo por qué quieren escapar a ser cobijados por la palabra “fauna” si ustedes también son animales, es más, algunos, sobre todo políticos, religiosos y seudoartistas serían mejor descritos como “flora”.
4. Si reincides en actos de asesinato, no serás castigado si se comprueba que no hay ni primero ni segundo grado de consanguinidad. ¿Por qué? Porque defendemos y promovemos el respeto a nuestros parientes más cercanos, no nos interesan ni terceros, ni cuartos, ni quintos.
5. Se prohíbe asesinar donde aún no se ha asesinado. ¿Y dónde queda eso? En ninguna parte, ni en el rincón más remoto de este remoto país, de remota inteligencia, de remota procedencia, de remota cultura y de remota moral.
6. Matarás sólo donde esto sea una tradición regular, periódica e ininterrumpida. ¿Y dónde se hace eso? Pues en todo el territorio nacional, en cualquier rincón de este cercano país, de cercana autodestrucción, de cercana desmoralización, de cercana pérdida, de cercana y pérfida.
Léase y cúmplase
¡Políticos maricas! ¡Matar es matar y sanseacabó! O por qué no meten al ruedo a uno de sus familiares, tan culpables como los toros, y les tiran flores al ritmo de uno o mil oles, lo insultan, lo humillan, lo apuñalan. Si de pronto, por un error de esos de la vida, ese familiar, en un ataque de instinto y miedo se salta la cerquita y rasguña a uno de los inocentes espectadores, escribís un articulito como éste, se lo mandás a El Colombiano o El Tiempo o la revista Semana o la mismísima Corte de las Altas Mierdas, y ridiculizas a tu familiar, haciéndolo parecer frío y calculador, vengativo, peligroso e infinitamente irracional, así, todos los incautos lectores pronunciarán frases como: “¡Hay que matarlo!” “¡Qué pesar de esa gente!” “Mucho hijueputa”.
Y tendrían toda la razón. ¡Pobre gente, pobre! ¡Hijueputas! ¡Asesinos! ¡Inmorales! Todos los que asisten a tan espantoso dizque espectáculo, los que lo promueven, los que dan la plata, los que se roban la que sobra, los que crían al toro, los que lo amarran, los que le dan de beber, los que le dan de comer, los que lo miran, los que lo tocan, los que se refieren a él como “animal de lidia” ¿De lidia? ¡El verdadero animal de lidia es el hombre! ¡Ése sí es peligroso! O es que me van a decir que hay mucha diferencia entre un pobre animal como el toro, y un pobre animal como el hombre. ¡Pues sí! Sí la hay, y es en realidad mucha, muchísima la diferencia.
El hombre ama, pero también odia; crea, pero también destruye; cree, pero también duda; habla, pero casi siempre miente; lucha, pero derrama sangre; triunfa, pero sobre derrotas ajenas. Simplemente, el toro no. Son poquitas las similitudes que tenemos con tan espantosos animales, con esas fieras indómitas y salvajes, ¿y con los demás mamíferos? ¡También!, incluyendo las ratas: las de laboratorio, las de alcantarilla y hasta las del Congreso de la República. Esas semejanzas son simples, tontas, banales, intrascendentes, triviales: sienten dolor, sienten frío, sienten hambre, sienten miedo y unas ganas terribles de sexo, aunque el hombre en estas artes sí es el campeón. El hombre supera, y con creces, a los demás primates, ¿y a los demás mamíferos? ¡También!, sobre todo en su capacidad de aversión, de envidia, de desdén, mata por ver caer, por odio, por resentimiento, por traición.
Y ese cerebro humano, ese “maravilloso” y “complejo” órgano que llegó a un punto evolutivo tal que descubrió el amor, y el tener sexo por placer, ahora olvidó el amor y sólo piensa en sexo por doquier. El mismo cerebro extraordinario que inventó, o mejor, descubrió el complejo lenguaje articulado que ahora me sirve para decir tanta basura, pero en un mundo donde el número de idiomas es de varios miles, pareciera que se dificulta mucho el diálogo, entonces se facilita la solución de nuestros conflictos por otros medios. ¡A plomo! ¡A machete! ¡A palo y piedra! Eso depende del estrato social o de la universidad.
El mismo cerebro mágico que con más de cien mil millones de neuronas tuvo esa capacidad magistral de inventar, o mejor, descubrir la matemática, la física, la química y de paso a un ser abstracto y obtuso al que llama Dios: una idea, que en términos prácticos, no sirve para nada puesto que no aporta nada, pero parece ser que al hombre le da cierta tranquilidad y de paso complicidad en la destrucción, un ser que existe, claro, pero sólo en su cabeza. A él nadie lo ha visto, nadie lo ha oído, nadie lo ha sentido, pero todos lo han usado.
No necesitamos ser genios, sólo simples hombres, para darnos cuenta que un pobre animal, como el toro o la vaca, al igual que nosotros: tiene sangre, cerebro, ojos, estómago, boca, oídos, pelo, nervios, músculos, huesos, tetas, pene, vagina (como tu mamá, tu papá, tu hermano o mi abuela). No tiene armas ni cobardías, no tiene aversiones ni apatías, no tienen vicios ni misantropías.
Mi última propuesta, entonces, es que metamos a un torero, un valientico de ésos al ruedo: empelota, sin armas, eso sí: pintadito de rojo, y lo honramos con la compañía de un torito, valiente como todos: empelota, sin armas, eso sí: hambreado y sediento. Y aunque sea un pobre animal herbívoro, yo si les digo, al fin de cuentas, a quién hay que recoger en pedazos, a quien hay que sacarle un cacho del culo y de quien hay que limpiar la sangre de la arena. Ese día me gustaría ir a la Macarena, o cualquier otra placita para celebrar la feria, yo invito a cerveza, yo pago las entradas y yo soy el primero en gritar: ¡OLE!.
Gracias Dios por hacerme a tu imagen y semejanza, con tantos dioses o amores, con tantos odios o demonios. Gracias, infinitas, por la Ley del Talión, de tu Antiguo Testamento, y por el Sermón de la Montaña, de tu hijo y sacramento. Yo las sigo, como todas tus doctrinas, todas mis letrinas.
No tolero a los intolerantes. No respeto a los irrespetuosos. Digo mentiras a quienes mienten. Hablo a las espaldas de los hipócritas. Me enferman los estúpidos alterados por el estudio (véase arrogante), y siento unas ganas enormes de matar a los asesinos y robar a los ladrones. Amo, a veces, a quienes piensan diferente a mí y a ustedes.
Si alguien a escapado a mis ofensas, le ruego, por favor me disculpe. Los que me conocen saben que me distraigo y olvido cosas importantes con facilidad.
Amen o Amén.
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