¡Cuando sea grande quiero ser como él! - le dijo Juan a su madre, señalando una pintura del corazón de Jesús que se encontraba en la sala de su casa.
Su madre le respondió: “Y lo serás, mi amor, seguro que lo serás”
Era una familia pobre pero a pesar de ello eran inmensamente felices, lo que ahora es difícil de ver, porque los que nada tienen viven tristes porque quieren algo y los que tienen algo viven tristes porque quieren más; pero Juan no, él era feliz porque sus padres hacían que todo pareciera perfecto, porque ellos conocían el mundo pero él no; realmente no lo engañaban, sólo cuidaban con devoción que Juan no perdiera la inocencia que ahora los niños pierden tan rápido, pues sabían que crecería y se daría cuenta de la realidad: que aquí el odio y la mentira son sólo vicios más.
Un día, en la cocina, él se acercó a su madre, que estaba en silencio, y le dijo: “te he visto rezando y llorando por todos nosotros, ¿ha escuchado Dios tus oraciones?”. Su madre rompió el silencio para irrumpir en llanto, lo abrazó y con ternura le dijo al oído: “algún día entenderás”; por las mejillas del niño también rodaron las lágrimas, pues ver llorar a una madre rompe cualquier corazón.
Convencido de que no sería Dios quien los ayudaría, fue bueno, y así creció y vivió: ayudó a caminar al cojo y a ver al ciego, dio de comer al hambriento y de beber al sediento, pero lo hizo de corazón, porque en este mundo la lástima es un pecado del que nadie se salva. Sin hablar mal de nadie, hablaron mal de él; sin herir a nadie fue herido, y sin escupir ni humillar fue escupido y humillado, pero él sabía que lo importante era dar sin esperar nada a cambio.
Una noche se fue a dormir, y sus ojos no se abrieron nunca más para el mundo. Él no lo sabía, y cuando despertó, estaba en un lugar maravilloso, donde sería imposible sentir odios y tristezas; no existen la noche y el llanto, los árboles están llenos de frutos prohibidos (claro está), pero que se ven deliciosos; las aves cantan sus mejores canciones, el agua es tan clara como el alma de un niño, las flores aroman por doquier. Resultaba imposible saber dónde empezaba y dónde terminaba.
Al mirar sus manos se dio cuenta que había vuelto a ser niño, pero no inocente. Caminó un poco, y de repente se encontró con Dios. Juan frunció el entrecejo y le preguntó:
- ¿Por qué le haces tanto mal a mi Tierra, por qué mueren los niños de hambre, por qué dejas que mis hermanos se asesinen entre ellos?, ¿sabes que muchas veces lo hacen en tu nombre?. Dios guardó silencio.
- Hace años mientras crecía, dejé de creer en ti, ahora me doy cuenta de que existes, pero ¿de qué sirve? – agregó, pero Dios permaneció en silencio.
- ¿Por qué te quedas callado, si tú todo lo sabes, o no? – insistió.
Dios le respondió:
- Yo creé el mundo en el que creciste, creé todo lo que podías ver y lo que no, creé el amor y con él nació el odio, creé la felicidad y con ella nació la tristeza, creé la dicha pero con ella nació el aburrimiento, creé la verdad y con ella nació la mentira; todo el universo es mi obra, el sol y las demás estrellas, el mar y los demás paisajes, pero todo por si solo carecía de sentido, faltaba algo importantísimo, quién le diera gracia a mi creación, quién la transformara, así que creé al hombre y a los demás animales. Todo parecía perfecto, pero el hombre nunca entendió que mi trabajo no es un juego, porque si el hombre tuviera la mitad de mi poder ya habría destruido, en un segundo, lo que yo tardé siete días en construir. No me equivoqué al crear al hombre, tampoco al darle su inteligencia, pero él por su terquedad ha llegado donde está y yo decidí dejarlo tranquilo, no solo, pues siempre estoy ahí, caminando a su lado, pero no lo molesto, y aunque lo hiciera, él no se molestaría, por eso le di inteligencia, para que administrara mi creación.
- ¿Entonces por qué dejas que la destruyan y se destruyan? – preguntó Juan
– Porque se la regalé y quiero saber cuánto dura mi construcción en manos de su poder destructor, porque a pesar de ser Dios, quiero que el hombre me demuestre que no me equivoqué. – le respondió Dios.
- No me importa quién en la Tierra me cuestione, quién me ame y quién me odie, me importa quién hace el bien, quién da amor, quién lo da todo sin esperar nada a cambio, quién sufre para que otros sean felices, quién tiene hambre porque ha dado el pan a su hermano, quién cuida de mis demás hijos; tú has pasado la prueba y por eso estás ahora junto a mí, pero dentro de unos minutos no me cuestionarás más, te devolveré lo que todos pierden en la tierra, la inocencia de la niñez, así podrás ser eternamente feliz y aquí vivirás con tus hermanos que fueron como tú.
La vida es muy corta y así parezca que el sufrimiento es mucho, es muy poco si lo comparas con la felicidad que diste a los demás y que aquí vivirás.
De pronto el niño comenzó a llorar, se acercó a Dios y lo abrazó fuertemente y le dio un beso en la mejilla; sintió una paz tan profunda que sería imposible describir en la tierra, donde no existe.
- ¿Dónde está Jesús? – le preguntó el niño a Dios. Y Dios, con ternura, le respondió al oído:
- En este momento lo estoy abrazando y no llorará más, nunca más.